Newsletter Nº 2 – Octubre 2019

Amigos de la Asociación Argentina de Psicología Realista Ecce Homo:

En el marco de la temática “La psicología y el hombre moderno”, sobre la que nos hemos propuesto reflexionar durante este primer período de nuestros informes bimensuales, en esta ocasión pondremos a consideración una reflexión acerca de la sexualidad a la luz del concepto antropológico de “asunción eminente”. Lo haremos a modo de homenaje al maestro y referente de nuestra Asociación, Dr. Abelardo Pithod, quien en el pasado mes de junio emprendió su regreso a la Casa del Padre.

Pero antes de presentar nuestra reflexión compartimos con ustedes las siguientes novedades referentes a las actividades de nuestra Asociación, recordándoles que pueden sumarse activamente a nuestra labor apostólica escribiéndonos o consultándonos por este medio:

•Seguimos  poniendo a punto nuestro nuevo sitio web: http://eccehomopsicologiarealista.com.ar/ . Allí se podrá visualizar el presente boletín junto a noticias de relevancia acerca de novedades editoriales o tareas a realizar por parte de la Asociación. Como novedad del sitio hemos agregado un Programa de Introducción a la Psicología, destinado a estudiantes o todo aquel que quiera iniciarse en los estudios de la ciencia del alma.

•Otra de las novedades es que hemos comenzado a realizar las adhesiones societarias. Haciéndose socios recibirán descuentos en las publicaciones de la Asociación, así como en las inscripciones a los Congresos (50%), y estarán ayudando a solventar los fondos para las diferentes actividades que realizamos. La cuota es anual ($500). Pueden asociarse haciendo clic aquí.

• En las próximas semanas publicaremos el Volumen III de la Revista de la Asociación Argentina de Psicología Realista Ecce Homo. Con gran alegría comunicamos que la misma ya posee ISSN, lo que le brinda mayor visibilidad a nivel científico y académico. Este tercer volumen se editará de manera digital. Quienes estén interesados en adquirirla pueden escribir al e-mail asociacioneccehomo@gmail.com o al teléfono 3434638557.

•En breve daremos a conocer la fecha y temática del 3º Congreso de Psicología Realista, que realizaremos en la ciudad de Paraná, Entre Ríos, el próximo año.

Nuevamente ofrecemos esta tarea a Nuestra Madre Santísima, Sede de la Sabiduría, y pedimos oraciones a cada uno de ustedes por los frutos de esta labor apostólica.

Les saludamos cordialmente en Xto.

Dr. Jordán Abud – Presidente

Dr. Santiago Vazquez – Vicepresidente

La sexualidad a la luz del concepto de “asunción eminente”

A modo de homenaje a Abelardo Pithod

El pasado 19 de junio emprendió su regreso a la casa del Padre, el gran autor católico que fue Abelardo Pithod. Dejó tras de sí una obra de valor incalculable, tanto por su riqueza y amplitud temáticas cuanto por el espíritu que invariablemente la animó: el de un amor insobornable a la verdad.

Lúcido, valiente, culto, erudito, sereno y punzante en sus juicios y análisis, Pithod cubrió, en psicología, casi todos los campos: clínica, educacional, organizacional, social. Su mirada, siempre filosófica, ha dado una claridad única en psicología. También incursionó en los campos de la doctrina social y la literatura con jugosos ensayos y con una excepcional novela llamada “Ante las puertas” que atestigua la enorme prueba de fe que significó para un grupo de amigos, la terrible crisis social y eclesiástica que se desencadenó allá por los años 60.

Su centro de gravitación fue siempre la psicología a la que se aproximó y se introdujo de lleno, siempre desde la mirada sapiencial del saber filosófico, aristotélico y tomista para más señas. Esto le permitió surcar el mar del saber humanístico en general (y psicológico en particular) del siglo XX, con la serenidad del navegante en posesión de una brújula segura y precisa. Tal labor redundó en una obra pletórica de intuiciones y desarrollos conceptuales de enorme valor para la psicología realista.

Por estas y otras razones, Ecce Homo tiene en Abelardo Pithod un autor de referencia obligada. De este modo, este segundo informe pretende brindar un homenaje al filósofo mendocino reflexionando en torno a una profunda idea que él planteara originalmente en algunas de sus obras, y que puede ayudarnos a visualizar, con nueva luz, la temática general que durante este año nos hemos propuesto abordar en estos informes de Ecce Homo, a saber, “La psicología y el hombre moderno”.

En la visión antropológica que Pithod ofrece en sus obras más filosóficas (una visión que, por lo demás, se trasluce en sus obras más “empíricas”) hay un concepto sobre el que se insiste una y otra vez: el de asunción eminente. La profunda significación de este concepto y el modo en que da clara cuenta de la naturaleza “bio-psico-espiritual” del hombre, justifican esa insistencia y es precisamente esta insistencia uno de los grandes méritos de la visión antropológica de Pithod. En efecto, pocos conceptos surgidos de la reflexión antropológica de cuño tomista, resultan tan esclarecedores y tan importantes para la psicología como este de la asunción eminente. Los fenómenos típicamente humanos –desde las perversiones más graves hasta las conmociones estéticas más profundas pasando por las conductas condicionadas socialmente– encuentran a la luz de este concepto una intelegibilidad única.

En esta ocasión queremos detenernos en el abordaje que realiza Pithod del fenómeno humano de la sexualidad y la explicación de su actual desorden a la luz del concepto de asunción eminente. Que la animalidad en el hombre sea asumida perfectivamente por la racionalidad y que esta forma superior –en tanto especificante de la naturaleza humana– contenga de una manera eminente (más alta) las cualidades propias de la animalidad, como nos enseñó Pithod[1], explica –con profunda y calibrada perspectiva antropológica– tanto la hipersexualización del hombre posmoderno cuanto la misma posibilidad de la “bienaventuranza animal” a la que ese hombre se ha entregado. “Tened cuidado –decía François Mauriac, el literato francés que se adentró como pocos en este drama del hombre tironeado y ganado por apetitos inferiores que exigen sin embargo una satisfacción superior– de que los sentidos no usurpen los derechos del corazón y del espíritu, y reclamen también una satisfacción infinita”[2]. Pues bien, esta usurpación es posible en el hombre por ser éste lo que es: espíritu encarnado.

El impulso sexual, presente también en los animales, posee en el hombre –por estar asumido eminentemente por un alma espiritual, es decir, por estar metafísicamente abierto hacia arriba, indeterminado no en cuanto a su objeto específico y proporcionado sino en cuanto a su sitio y su espacio dentro de la sinfonía espiritual que debe orquestar la inteligencia (supremo director) en el concierto que debe ser la existencia– un apetito de cuasi infinitud, “apetito que, librado a sí mismo, lleva a la insatisfacción y al hastío, pues lo inferior por sí solo no puede alcanzar lo que anhela y que solo prefigura”[3].

El espíritu “transfiere al sexo una pretensión que el sexo no puede satisfacer”[4] ¿Por qué se la transfiere? Porque el sexo constituye la sensación corpórea más intensa y vehemente que, en cuanto tal, se irradia a la persona entera haciendo que “el sexo se ligue de espíritu”[5]. El espíritu insufla así al sexo “aspiraciones de infinito [prometiendo] más de lo que puede dar”[6]. El espíritu no es ajeno a la conmoción del alma entera que genera el sexo; el problema es el significado que para el espíritu adquiere esa conmoción: el espíritu puede elegir vivir de esa conmoción queriendo o creyendo (con la consiguiente decepción y hartazgo) hallar en ella (por la “tensa y abismal ilusión” que genera) lo que él anhela; o hacer de ella (de la conmoción), mediante la virtud de la pureza, el epifenómeno, no exento de un goce legítimo y limpio, de una fusión espiritual que enmarca, que configura, que transfigura y que lleva a su plenitud al sexo.

Cuando los sentidos usurpan los derechos del espíritu, como decía Mauriac, es porque el espíritu cabalga sobre esa sensación voluptuosa creyendo –o queriendo creer– engañosamente hallar en ella esa posesión extática del ser que no deja nunca de anhelar y que encuentra en el sexo su remedo terrestre. Refiriéndose a la gula –tan emparentada con la lujuria– Marechal contraponía los gordos terrestres a los gordos celestes: los primeros devoran, con sus jamás ociosas dentaduras, “toda la creación en su aspecto visible y masticable”; los segundos, en cambio, hacen lo propio con “toda la creación inteligible”[7].

He aquí entonces la animalización del espíritu. Una animalización que no es, sin embargo, transubstanciación: el espíritu no deja de ser lo que es y yerra, hasta la desesperación, el camino hacia su propio anhelo. Mejor que ninguna otra sensación, el sexo simula, en el goce efímero y voluptuoso que hace por un momento abandonarse completamente en el presente, la dulzura extática del espíritu en posesión de su objeto; justamente porque el sexo está llamado a ser una manifestación que completa la fusión por el amor de dos seres que son espíritus encarnados hechos para el amor y para la unión trascendente con el objeto del amor. El sexo promete una dulzura extática de la que es solo una lejana imagen y como una prefiguración.

El Padre Petit de Murat posee un texto en íntima conexión con la idea que estamos profundizando: “El hombre y el ser no se unen únicamente en el campo del puro conocimiento: su pasión propia y distintiva es también por el ser (al cual, en este caso, lo llamamos el bien, lo bueno); tanto que, cuando aquél se derrama en las cosas breves de la carne y de la tierra no cesa de buscar un más que desgarra la apocada medida de los sentidos y los apetitos sensibles. La peculiar intensidad, por ejemplo, con que dicha descarga apetitiva se arroja sobre la mujer, se debe a la mayor semejanza de la acción sexual con la posesión óntica; el hombre que vierte el caudal de su alma en ese cauce no queda en los términos concretos de la epidermis y órganos, de suyo anónimos, que realmente poseyó; lo hace bajo la tensa y abismal ilusión de que va a poseer a Clara, esto es, a la persona total, a la naturaleza humana viviente y concreta que el nombre de Clara significa”[8]. Extraordinario texto que dimensiona adecuadamente la importancia y el alcance de la idea que Pithod nos ha transmitido al reflexionar –sostenido firmemente en un hilemorfismo masticado y rumiado largamente– sobre la sexualidad.

Digamos, para ir concluyendo, que esta idea que, de la mano del autor mendocino, hemos planteado aquí, explica diversos fenómenos característicos de la actualidad. La hipersexualización hodierna consiste precisamente en hacer radicar en el sexo una dicha que él no puede otorgar. Hay, como fenómeno consecuente, una especie de “espiritualización” perversa de los reclamos provenientes de la zona instintiva. Cuando, parapetados en presuntos valores de libertad e igualdad, ciertos grupos luchan por la “ampliación de derechos”, lo que hacen, en rigor, es bautizar éticamente la búsqueda de la “bienaventuranza animal” de que hablara Santo Tomás. Se hace del deseo de obtener el mejor orgasmo sin que existan impedimentos de ninguna especie, una especie de cruzada ética del siglo XXI dando así a ese deseo rango de imperativo categórico y a su satisfacción inmediata de garantía de vivencia plena de la libertad humana.

Pero esto precisamente se explica a la luz de este descalabro que el impulso sexual puede generar en el hombre en tanto espíritu encarnado. Al hacer consistir su dicha en el sexo, el hombre “inyecta” a éste –en tanto su búsqueda es ineluctablemente espiritual– una aspiración que se transforma en voraz, que lo desborda absolutamente y que resulta la condición de posibilidad de las perversiones que a diario se verifican pues el impulso sexual se enloquece, se excede, y requiere cada vez más “sofisticación” para verse “satisfecho”. También la aparición y el uso extendidísimo de medicamentos que optimizan el “rendimiento sexual” cuando ya el impulso, por un proceso natural, se ha atenuado, se explica a la luz de la idea que venimos profundizando. En efecto, al quedarse sin deseo sexual el hombre pierde la fuente de la pequeña dicha a la que consagró sus desvelos. El camino será entonces resucitar, despertar y excitar artificialmente ese deseo a fin de recuperar esa pequeña y miserable felicidad a la que el espíritu brutalizado y desesperado se habituó.

Como vemos, la idea que nos dejó planteada Abelardo Pithod resulta original y profundamente esclarecedora. Reflexionar sobre ella es el modo en que desde Ecce Homo queremos brindar un cálido homenaje a quien ha sido y es para nosotros un maestro y un referente seguro. La tarea que queda pendiente es continuar recogiendo su herencia siguiendo el ejemplo de sinceridad y entrega en la búsqueda, testimonio y defensa de la verdad que nos diera el filósofo mendocino. Mientras tanto elevamos una oración por el maestro Abelardo con la seguridad de que el buen Dios ya lo estará recompensando por haber peleado el buen combate, terminado la carrera y conservado la fe.

Santiago Hernán Vazquez

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[1] Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo (Grupo Editor Latinoamericano: Buenos Aires 1994), p. 192.

[2] François Mauriac, La toga pretexta, en: Obras Completas (Ediciones Castilla: Madrid 1953), p. 61

[3] Abelardo Pithod, Psicología y ética de la conducta (Dunken: Buenos Aires 2006), p. 139.

[4] Abelardo Pithod, El alma, op. cit., p. 205.

[5] Ibid., p. 206.

[6] Ibid.

[7] Leopoldo Marechal, Obra Poética (Leviatán: Buenos Aires 2014), p. 324. Poema “Didáctica de la Patria”.

[8] Fr. Mario José Petit de Murat, Especificación de la metafísica (Pascual Viejobueno: Tucumán, 2004), p.9.  Versión digital en: http://www.traditio-op.org/biblioteca/Petit/Especificacion_de_la_Metafisica,_Fray_Mario_Petit_de_Murat_OP.pdf

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Programa de Introducción a la Psicología

Programa de Introducción a la Psicología

El Programa de Introducción a la Psicología está destinado principalmente a estudiantes de Psicología, pero también a todo aquel que quiera adentrarse en el estudio de la ciencia del alma.

UNIDAD 1: Filosofía y ciencia.

1.1. Los hábitos intelectuales.
1.2. Ciencia: método y objeto.
1.3. El orden de las ciencias.
1.4. Teología, filosofía, psicología, psicoterapia.
1.5. El problema epistemológico de la psicología.
1.6. El objeto de la psicología.
1.7. Las diversas corrientes psicológicas.
1.8. La ciencia en la modernidad: características.

Bibliografía:

  • Artigas, Mariano. (1989). Filosofía de la ciencia experimental. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra.
  • Brie, Roberto. (1997). Los hábitos del pensamiento riguroso. Buenos Aires: Ediciones del Viejo Aljibe.
  • Caponnetto, M; Abud, J; Alonso, E. (2016). ¿Qué es la psicología?. Buenos Aires: Gladius.
  • Chalmers, Alan. (2000). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Pithod, Abelardo. (1994). Cap. I. Fenomenología del hecho psíquico. El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo editor latinoamericano.
  • Pithod, Abelardo. (1994). Cap. IX. La vida, la vivencia y el viviente. El problema del objeto de la psicología. El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo editor latinoamericano.
  • Sanguinetti, Juan José. (1980). La filosofía de la ciencia según Santo Tomás. Pamplona: Eunsa.
  • Sanguinetti, Juan José. (1991). “Ciencia aristotélica y ciencia moderna”. EdUCA: Buenos Aires.

 

UNIDAD 2:  Filosofía de la naturaleza y elementos de metafísica.

2.1. La teoría de la participación de los seres.
2.2. El ser viviente y sus grados.
2.3. Conceptos metafísicos: sustancia y accidente, acto y potencia, materia y forma.
2.4. Composición hilemórfica: la realidad psicosomática.

Bibliografía:

  • Aristóteles. (1983). De Anima. Buenos Aires: Fundación Arché.
  • Casaubón, Juan Alfredo. (1999). Nociones generales de lógica y filosofía. Buenos Aires: EdUCA.
  • Castellani, Leonardo. (1951). Elementos de metafísica. Buenos Aires: D.A.L.I.A.

 

UNIDAD 3: Antropología realista y  psicología.

3.1. El Creador y la criatura.
3.2. El hombre como microcosmos.
3.3. El hombre como criatura fronteriza.
3.4. El alma y su cuerpo: composición hilemórfica. Teoría de la asunción eminente.
3.5. El alma y sus potencias como principios de las operaciones del viviente: actos y objeto.
3.6. El hilemorfismo ante la enfermdedad.
3.7. Actos humanos y actos del hombre.
3.8. Bestialismos y angelismos. Empirismo y racionalismo. Exponentes en psicología.

Bibliografía:

  • Blanco, Guillermo. (2002). Curso de Antropología Filosófica. Buenos Aires: EdUCA.
  • Caponnetto, Mario. (1992). El hombre y la medicina. Buenos Aires: Scholástica.
  • Pithod, Abelardo. (1994). El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

 

UNIDAD 4: Gnoseología.

4.1. El proceso de conocimiento.
4.2. Los sentidos externos.
4.3. Los sentidos internos.
4.4. Sensación.
4.5. Imaginación.
4.6. Memoria. Importancia en relación a la formación de la personalidad.
4.7. El proceso perceptivo.

Bibliografía:

  • Brennan, Robert. (1959). Psicología Tomista. Barcelona: Editorial Científico Médica.
  • Genta, Jordán. (1966). Curso de psicología. Buenos Aires: Huemul.
  • Pieper, Josef. (1974). El descubrimiento de la realidad. Madrid: Rialp.
  • Velazco Suarez, Carlos. (1974). La actividad imaginativa en psicoterapia. Buenos Aires: Eudeba.

 

UNIDAD 5: Apetito.

5.1. Apetito sensible.
5.2. Las pasiones.
5.3. Afectos, sentimientos, instinto.
5.4. Represión, sublimación, asunción, orden.
5.5. Afectividad y espiritualidad.

Bibliografía:

  • Castellani, Leonardo. (1995). Lecciones sobre Psicología humana. Buenos Aires: Jauja.
  • Fuentes, Miguel Ángel. Pbro. (2007). Educar los afectos. San Rafael: EdIVE.
  • Pithod, Abelardo. (1994). El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.
  • Von Hildebrand, Dietrich. (1997). El corazón. Madrid: Ediciones Palabra.

 

UNIDAD 6: Las potencias superiores.

6.1. La inteligencia.
6.2. Razón e intelecto (intuición).
6.3. Intelecto agente e intelecto posible.
6.4. Las operaciones de la inteligencia: concepto, juicio y razonamiento.
6.5. Inteligencia y cogitativa.
6.6. La voluntad.
6.7. La libertad.

Bibliografía:

  • Citada anteriormente.

 

UNIDAD 7: Lenguaje.

7.1. El lenguaje y la inteligencia.
7.2. El verbo interno.
7.3. La palabra como sonido y sentido.
7.4. El lenguaje y la comunicación.
7.5. Desnaturalizaciones de la palabra.

Bibliografía:

  • Étienne, Gilson. (1974). Lingüística y filosofía. Madrid: Gredos.
  • Genta, Jordán. (1966). Curso de psicología. Buenos Aires: Huemul.
  • Derisi, Octavio. (1986). La palabra. Buenos Aires: Emecé.

 

UNIDAD 8: Conciencia.

8.1. Conciencia e inconciencia.
8.2. Fenomenología de lo inconciente.
8.3. Lo inconciente: sentidos.
8.4. La subconciencia y los hábitos.

Bibliografía:

  • Citada anteriormente.
  • Castellani, Leonardo. (1995). Lecciones sobre Psicología humana. Buenos Aires: Jauja.
  • Genta, Jordán. (1966). Curso de psicología. Buenos Aires: Huemul.
  • Pithod, Abelardo. (1994). El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

 

UNIDAD 9: Hábitos.

9.1. Hábitos. Noción general.
9.2. Hábito y adaptación.
9.3. Formación y corrupción del hábito.
9.4. Diversidad de los hábitos.
9.5. Hábito y moralidad.

Bibliografía:

  • Citada anteriormente.

 

UNIDAD 10: La personalidad y sus bases sociales.

10.1. La matriz sociocultural.
10.2. El hombre como ser social.
10.3. Temperamento, carácter y personalidad.
10.4. La memoria y la personalidad.
10.5. Papel de la cultura en la formación de la personalidad.

Bibliografía:

  • Fuentes, Miguel A. Pbro. (2011). El examen particular de conciencia y el defecto dominante. Colección Virtus N°1. San Rafael: EdIVE.
  • Genta, Jordán. (1966). Curso de psicología. Buenos Aires: Huemul.
  • Pithod, Abelardo. (1994). El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

 

UNIDAD 11: Patología.

11.1. Noción general de patología.
11.2. Psicopatología, ¿qué es?
11.3. Noción de naturaleza.
11.4. Noción de salud.

Bibliografía:

  • Laín Entralgo, Pedro. (1968). El estado de enfermedad. Madrid: Moneda y Crédito.

 

UNIDAD 12: Psicología y moral.

12.1. Patología y pecado.
12.2. Determinismo, condicionamiento, libertad.
12.3. La psicología ante la Gracia.

Bibliografía:

  • Bless, H. (1966). Pastoral psiquiátrica. Madrid: Razón y fe.
  • Frankl, Víktor. (1994). El hombre incondicionado. El hombre doliente. Barcelona: Herder.
  • Laín Entralgo, Pedro. (1961). Enfermedad y pecado. Barcelona: Toray.
  • Basso. Los fundamentos de la moral.
  • Basso. (2009). Trágica rebeldía humana e inefable clemencia divina. (sobre el pecado y la gracia). Buenos Aires: EdUCA.
  • Schaller, J-P (1956) Sacerdote, médico y enfermo. Madrid: Razón y fe
  • Schaller, J-P (1960) Dirección espiritual y medicina moderna. Salamanca: Ed. Sígueme

 

UNIDAD 13: Psicoterapia.

13.1. Objeto de la psicoterapia.
13.2. La psicoterapia como arte.
13.3. La psicoterapia como técnica.
13.4. El fin y los medios en psicoterapia.

Bibliografía:

  • Jaspers, Karl. (1959). Esencia y crítica de la psicoterapia. Buenos Aires: Ed. Fabril.
  • Maritain, Jacques. (1961). La responsabilidad del artista. Buenos Aires: Emecé.

 

UNIDAD 14: Sexualidad.

14.1. Sexualidad: nociones previas.
14.2. Sexualidad y persona humana. Identidad y diferencia. Sexo y sexualidad.
14.3. La sexualidad ante el compuesto. Cuerpo y Corporalidad.
14.4. Sexualidad y grados de ser. Pulsión, instinto, pasión, sentimiento. La ascensión del amor.
14.5. La sexualidad y lo espiritual.

Bibliografía:

  • Anatrella, Tony. (1990). El sexo olvidado. Cantabria: Sal Terrae.
  • Choza, Jacinto. (1978). Analítica de la sexualidad. Pamplona: Eunsa.
  • Dalbiez, Roland. (1987). El método psicoanalítico y la doctrina freudiana. Buenos Aires: Club de Lectores.
  • Scola, Angelo. (1989). Identidad y Diferencia. Madrid: Encuentro Ediciones.
  • Torelló, Joan Baptista. (1996). Psicología abierta. Madrid: Rialp.

 

 

Bibliografía sugerida.

  • Pithod, Abelardo. (1994). El alma y su cuerpo. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.
  • Casaubón, Juan Alfredo. (1999). Nociones generales de lógica y filosofía. Buenos Aires: EdUCA.
  • Castellani, Leonardo. (1951). Elementos de metafísica. Buenos Aires: D.A.L.I.A.
  • Brennan, Robert. (1959). Psicología Tomista. Barcelona: Editorial Científico Médica.
  • Genta, Jordán. (1966). Curso de psicología. Buenos Aires: Huemul.
  • Basso. Los fundamentos de la moral.
  • Collin, E. (1950). Manual de filosofía tomista. Tomo I. Barcelona: Gili.

 

 

 

 

 

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Newsletter Nº 1 – Julio 2019

Amigos de la Asociación Argentina de Psicología Realista “Ecce Homo”:
Con renovado entusiasmo reiniciamos nuestra tarea y lo hacemos con la novedad de este nuevo formato que, a partir de ahora, utilizaremos para permanecer en contacto con todos ustedes.
En este último período, nuestra Asociación ha realizado algunas actividades de relevancia que compartimos a continuación:

  • Hemos subido a este sitio abundante material bibliográfico y audiovisual acerca de temas de psicología realista que todos podrán descargar en la sección de biblioteca y multimedia.
  • Durante el mes de abril del 2018 realizamos en la Universidad de FASTA de Mar del Plata, nuestro segundo congreso titulado “Fundamentos de Psicoterapia”.
  • Las ponencias presentadas en este congreso conforman el volumen III de nuestra revista, el cual se halla en la última etapa del proceso de edición. Tanto este último volumen como los dos anteriores de nuestra revista, podrán descargarse desde este sitio web.

Con el deseo de que esta nueva etapa de nuestra Asociación fortalezca y profundice nuestro compromiso en la búsqueda de la verdad, ofrecemos nuestra tarea a Dios nuestro Señor y la encomendamos a la guía segura de nuestro común maestro, santo Tomás de Aquino.

 

Cordialmente,

Dr. Jordán Abud – Presidente

Dr. Santiago Vazquez – Vicepresidente

 

La angustia del hombre moderno

 

Jordán Abud

Ciertamente podríamos -y en rigor, ´deberíamos`- preguntarnos, para empezar, por el alcance de la noción de ´angustia´. Porque se imponen desde el inicio distinciones necesarias Una cosa es la angustia emparentada con la depresión como entidad psicopatológica, otra cierta angustia existencial -tal vez un poco más difícil de precisar-, y otra la angustia entendida como tristeza espiritual por la ausencia de aquellos bienes propiamente humanos.

Muchas veces, la discusión académica acabaría en mejor puerto si se mantuviera, por un lado, el hábito de la definición; y por otro, este de la distinción (que, justamente, suele cabalgar sobre el sentido analógico de algunos términos).

No distinguiremos aquí -aunque bien valga hacerlo- este trasfondo analógico de la tristeza. Sólo diremos que existe un sentido ceñido de la angustia en tanto particular afección del ánimo. Por eso Santo Tomás de Aquino coloca a la angustia como a una de las cuatro especies de la tristeza en el tratado que dedica a las pasiones del alma en la Summa Theologiae. Y existen, por otro lado, sentidos específicos de la angustia que merecen la atención de la psicología y la psicopatología.

Simplemente tracemos un perfil fenomenológico del hombre moderno que -como primera observación- podríamos decir que, aunque no quiera aceptarlo, es un ser profundamente angustiado. La angustia lo atraviesa, lo hiere y lo desquicia. Pero, sumidos en la fiebre del inmanentismo, ni ve ni acepta este “llamado” que la naturaleza humana le hace. El hombre moderno convive con la tristeza pero se resiste a llamarla por su nombre. Entonces, es un
ser asomado permanentemente al abismo de la desesperación pero ha decidido taparse los ojos y simular que recorre verdes praderas.

¿Y por qué? Porque aquellas cosas que lo han empujado lenta y progresivamente al umbral de la nada, son justamente las que le prometieron lo contrario: felicidad, plenitud y saciedad. ¿Qué cosas? Pues el relativismo en la vida de la inteligencia, el hedonismo en materia moral y el antropocentrismo como cosmovisión.

El hombre moderno corre y se agita, pero nunca alcanza lo que busca. Así, vive triste porque vive desilusionado. Y a esto, que lo toma como un castigo, debería entenderlo como el inicio de la cura (salir de la ilusión).

No es casual que en la actualidad dos padecimientos clínicos tan llamativamente frecuentes como mezclados en el paciente sean la angustia y la ansiedad, con todos sus síntomas colaterales. A este hombre lo amordaza la opresión pero tal vez no haya optado por dejarse morir en un triste lecho, sino por la euforia y las contorsiones, el vértigo y los alaridos, que en nada modifican la misma enfermedad terminal.

El vértigo de la modernidad está transido de desesperación. Alcanza como muestra una simple mirada a nuestro alrededor y a las propuestas de ´escape´ cada vez más compulsivas. Ante esto, sólo le queda ir subiendo la dosis de excitación. Por aquí, creemos, pasa el germen autodestructivo de la diversión moderna cuando consiste esencialmente en eso: huir de la angustia. Sucede como con el opiáceo para el dolor: si no se busca la causa del daño, será necesario ir subiendo el umbral.

¿No será tiempo de aceptar que el hombre moderno le pide a las cosas lo que ellas no pueden dar? Al relativismo solidez, al hedonismo gozo duradero, al antropocentrismo firmeza humilde y serena.

La rebelión de lo inferior es pedirle eternidad a la materia. Salvando las diferencias, podríamos compararlo con un organismo que necesitando imperiosamente de una dieta repleta en vitaminas, siga ingiriendo sólo ´comida chatarra´. Si el cuerpo no recibe lo necesario, en algún momento se impondrán las consecuencias. Si el alma no recibe lo necesario, ella también tiene sus termómetros indicativos del estado febril. Sólo hay que saber leerlos.

Pero el hombre moderno sigue corriendo. Y la categoría física y metafísica a la que aspira -hoy convertida en todo un ideal de vida- es la de ´ser divertido´. Estar, en toda hora y circunstancia, a tiempo y a destiempo, vertido para afuera. El mejor amigo es aquel con quien esencialmente me divierto, la Santa Misa debe ser divertida como imperativo litúrgico último, un libro es bueno si logra divertirme…

Se trata en suma de no volver nunca sobre sí, con suicida superficialidad, y convivir con este vacío como una enfermedad terminal, pero creyendo que por cerrar los ojos, la realidad no estará ahí, esperando, reclamando.

Por esta compulsión a divertirse -tan distante de la profundidad y tan emparentado con el hedonismo-, el hombre moderno se observa. Pero se observa en el peor de los sentidos. No vuelve sobre sí, sino que vuelve y se regodea en sus sentimientos. Está atento a ellos independientemente del objeto causante, lo cual es una forma privilegiada de atrofiar la afectividad. No sabe bien de qué, pero enseguida reconoce si está triste o si está contento.

Por eso, su vida no es un peregrinaje sino una carrera, casi diríamos una escapada vertiginosa. Y ese vértigo lo instala en un terreno de angustia. ¿Cómo puede sentirse quien está cierto que viene de la nada y hacia ella marcha, por más que en el medio haya un
poco de ruido?

Puesto el hombre como medida de todas las cosas, ¿cómo no van a escasear así las razones para vivir?

En fin, el hombre moderno -como pasa siempre en el pecado- sólo se ha quedado con aquellas cosas que tanto deseaba. Y eso se ha convertido en su más duro castigo.

Sin embargo, a no asustarse, la angustia -y volvemos a su sentido amplio, básico, analógico- no siempre tiene en su raíz este mal. La angustia es como la fiebre, un síntoma de nuestra fragilidad. Pero la fragilidad, como límite, también tiene diversas fuentes. Y es posible dar con su misteriosa fecundidad. La angustia que nace de “aquello infinito contenido en algo finito” como recordaba el querido Castellani es, tal vez, esa noche oscura por la que debamos pasar para renacer a la Luz. Por eso, dice Grossouw[1] que “nada hay más fatal que confundir la genuina experiencia del numen tremendum con una angustia infantil o patológica”. Es más, algunos llegan a decir que “la vida espiritual y moral son posibles únicamente cuando existe un mínimo de angustia” (E. de Greef[2]). Cuidemos entonces no equiparar apresuradamente angustia con enfermedad.

Terminemos, pues, con estas breves líneas. Nos recuerda Caponnetto[3] que “si bien la angustia es un mal, ella puede por eso mismo, para el cristiano, ser asumida y transformada por la acción de la gracia hasta ser convertida en servidora del bien”.

Entonces sólo nos resta pedir que nuestras angustias se sumerjan y transfiguren en la angustia del Cristo lacerado, en soledad y sangrante. En el Ecce Homo del Monte de los Olivos. Sólo así seremos capaces de soltar las lágrimas con una sonrisa y dejar sangrar el corazón con los ojos levantados hacia el Cielo. Porque creemos en la Resurrección.


[1] La angustia en la Biblia

[2] Psicología y Psicopatología de la angustia.

[3] Angustia neurótica, angustia existencial e inquietud cristiana.

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