Amigos de la Asociación Argentina de Psicología Realista “Ecce Homo”:
Con renovado entusiasmo reiniciamos nuestra tarea y lo hacemos con la novedad de este nuevo formato que, a partir de ahora, utilizaremos para permanecer en contacto con todos ustedes.
En este último período, nuestra Asociación ha realizado algunas actividades de relevancia que compartimos a continuación:

  • Hemos subido a este sitio abundante material bibliográfico y audiovisual acerca de temas de psicología realista que todos podrán descargar en la sección de biblioteca y multimedia.
  • Durante el mes de abril del 2018 realizamos en la Universidad de FASTA de Mar del Plata, nuestro segundo congreso titulado “Fundamentos de Psicoterapia”.
  • Las ponencias presentadas en este congreso conforman el volumen III de nuestra revista, el cual se halla en la última etapa del proceso de edición. Tanto este último volumen como los dos anteriores de nuestra revista, podrán descargarse desde este sitio web.

Con el deseo de que esta nueva etapa de nuestra Asociación fortalezca y profundice nuestro compromiso en la búsqueda de la verdad, ofrecemos nuestra tarea a Dios nuestro Señor y la encomendamos a la guía segura de nuestro común maestro, santo Tomás de Aquino.

 

Cordialmente,

Dr. Jordán Abud – Presidente

Dr. Santiago Vazquez – Vicepresidente

 

La angustia del hombre moderno

 

Jordán Abud

Ciertamente podríamos -y en rigor, ´deberíamos`- preguntarnos, para empezar, por el alcance de la noción de ´angustia´. Porque se imponen desde el inicio distinciones necesarias Una cosa es la angustia emparentada con la depresión como entidad psicopatológica, otra cierta angustia existencial -tal vez un poco más difícil de precisar-, y otra la angustia entendida como tristeza espiritual por la ausencia de aquellos bienes propiamente humanos.

Muchas veces, la discusión académica acabaría en mejor puerto si se mantuviera, por un lado, el hábito de la definición; y por otro, este de la distinción (que, justamente, suele cabalgar sobre el sentido analógico de algunos términos).

No distinguiremos aquí -aunque bien valga hacerlo- este trasfondo analógico de la tristeza. Sólo diremos que existe un sentido ceñido de la angustia en tanto particular afección del ánimo. Por eso Santo Tomás de Aquino coloca a la angustia como a una de las cuatro especies de la tristeza en el tratado que dedica a las pasiones del alma en la Summa Theologiae. Y existen, por otro lado, sentidos específicos de la angustia que merecen la atención de la psicología y la psicopatología.

Simplemente tracemos un perfil fenomenológico del hombre moderno que -como primera observación- podríamos decir que, aunque no quiera aceptarlo, es un ser profundamente angustiado. La angustia lo atraviesa, lo hiere y lo desquicia. Pero, sumidos en la fiebre del inmanentismo, ni ve ni acepta este “llamado” que la naturaleza humana le hace. El hombre moderno convive con la tristeza pero se resiste a llamarla por su nombre. Entonces, es un
ser asomado permanentemente al abismo de la desesperación pero ha decidido taparse los ojos y simular que recorre verdes praderas.

¿Y por qué? Porque aquellas cosas que lo han empujado lenta y progresivamente al umbral de la nada, son justamente las que le prometieron lo contrario: felicidad, plenitud y saciedad. ¿Qué cosas? Pues el relativismo en la vida de la inteligencia, el hedonismo en materia moral y el antropocentrismo como cosmovisión.

El hombre moderno corre y se agita, pero nunca alcanza lo que busca. Así, vive triste porque vive desilusionado. Y a esto, que lo toma como un castigo, debería entenderlo como el inicio de la cura (salir de la ilusión).

No es casual que en la actualidad dos padecimientos clínicos tan llamativamente frecuentes como mezclados en el paciente sean la angustia y la ansiedad, con todos sus síntomas colaterales. A este hombre lo amordaza la opresión pero tal vez no haya optado por dejarse morir en un triste lecho, sino por la euforia y las contorsiones, el vértigo y los alaridos, que en nada modifican la misma enfermedad terminal.

El vértigo de la modernidad está transido de desesperación. Alcanza como muestra una simple mirada a nuestro alrededor y a las propuestas de ´escape´ cada vez más compulsivas. Ante esto, sólo le queda ir subiendo la dosis de excitación. Por aquí, creemos, pasa el germen autodestructivo de la diversión moderna cuando consiste esencialmente en eso: huir de la angustia. Sucede como con el opiáceo para el dolor: si no se busca la causa del daño, será necesario ir subiendo el umbral.

¿No será tiempo de aceptar que el hombre moderno le pide a las cosas lo que ellas no pueden dar? Al relativismo solidez, al hedonismo gozo duradero, al antropocentrismo firmeza humilde y serena.

La rebelión de lo inferior es pedirle eternidad a la materia. Salvando las diferencias, podríamos compararlo con un organismo que necesitando imperiosamente de una dieta repleta en vitaminas, siga ingiriendo sólo ´comida chatarra´. Si el cuerpo no recibe lo necesario, en algún momento se impondrán las consecuencias. Si el alma no recibe lo necesario, ella también tiene sus termómetros indicativos del estado febril. Sólo hay que saber leerlos.

Pero el hombre moderno sigue corriendo. Y la categoría física y metafísica a la que aspira -hoy convertida en todo un ideal de vida- es la de ´ser divertido´. Estar, en toda hora y circunstancia, a tiempo y a destiempo, vertido para afuera. El mejor amigo es aquel con quien esencialmente me divierto, la Santa Misa debe ser divertida como imperativo litúrgico último, un libro es bueno si logra divertirme…

Se trata en suma de no volver nunca sobre sí, con suicida superficialidad, y convivir con este vacío como una enfermedad terminal, pero creyendo que por cerrar los ojos, la realidad no estará ahí, esperando, reclamando.

Por esta compulsión a divertirse -tan distante de la profundidad y tan emparentado con el hedonismo-, el hombre moderno se observa. Pero se observa en el peor de los sentidos. No vuelve sobre sí, sino que vuelve y se regodea en sus sentimientos. Está atento a ellos independientemente del objeto causante, lo cual es una forma privilegiada de atrofiar la afectividad. No sabe bien de qué, pero enseguida reconoce si está triste o si está contento.

Por eso, su vida no es un peregrinaje sino una carrera, casi diríamos una escapada vertiginosa. Y ese vértigo lo instala en un terreno de angustia. ¿Cómo puede sentirse quien está cierto que viene de la nada y hacia ella marcha, por más que en el medio haya un
poco de ruido?

Puesto el hombre como medida de todas las cosas, ¿cómo no van a escasear así las razones para vivir?

En fin, el hombre moderno -como pasa siempre en el pecado- sólo se ha quedado con aquellas cosas que tanto deseaba. Y eso se ha convertido en su más duro castigo.

Sin embargo, a no asustarse, la angustia -y volvemos a su sentido amplio, básico, analógico- no siempre tiene en su raíz este mal. La angustia es como la fiebre, un síntoma de nuestra fragilidad. Pero la fragilidad, como límite, también tiene diversas fuentes. Y es posible dar con su misteriosa fecundidad. La angustia que nace de “aquello infinito contenido en algo finito” como recordaba el querido Castellani es, tal vez, esa noche oscura por la que debamos pasar para renacer a la Luz. Por eso, dice Grossouw[1] que “nada hay más fatal que confundir la genuina experiencia del numen tremendum con una angustia infantil o patológica”. Es más, algunos llegan a decir que “la vida espiritual y moral son posibles únicamente cuando existe un mínimo de angustia” (E. de Greef[2]). Cuidemos entonces no equiparar apresuradamente angustia con enfermedad.

Terminemos, pues, con estas breves líneas. Nos recuerda Caponnetto[3] que “si bien la angustia es un mal, ella puede por eso mismo, para el cristiano, ser asumida y transformada por la acción de la gracia hasta ser convertida en servidora del bien”.

Entonces sólo nos resta pedir que nuestras angustias se sumerjan y transfiguren en la angustia del Cristo lacerado, en soledad y sangrante. En el Ecce Homo del Monte de los Olivos. Sólo así seremos capaces de soltar las lágrimas con una sonrisa y dejar sangrar el corazón con los ojos levantados hacia el Cielo. Porque creemos en la Resurrección.


[1] La angustia en la Biblia

[2] Psicología y Psicopatología de la angustia.

[3] Angustia neurótica, angustia existencial e inquietud cristiana.